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Copia textual en literatura y en normatividad: entre la lingüística y el derecho

 

Por: Luis José Villarreal Vásquez

0. LINGÜÍSTICA Y DERECHO.

No es, por cierto, la primera vez que la lingüística se hermana con el derecho para el logro de propósitos utilitarios de la discursividad normativa, toda vez que ya el gramático don Miguel Antonio Caro a finales del siglo XIX, fue el autor casi único de una de las Constituciones más longevas de la América Latina: la Constitución Colombiana de 1886, que si bien no fue la mejor Constitución, por antidemocrática y totalitaria, sí se puede tener por la más pulcramente redactada.

Calendas precedentes, don Andrés Bello, el insigne caraqueño, produjo su Código Civil famoso, copiado por la mayoría de Códigos Civiles de América, al tiempo que redactaba la única Gramática castellana “para uso de los americanos”; y tanto ese código, de notable descendencia napoleónica, como los que de él se derivaron, jamás han sido tachados de copia ni de plagio ni de mucho menos fraude procesal, porque las realidades cotidianas que alimentan el derecho, siendo semejantes en todo el orbe, precisan de normas semejantes para su ordenamiento. Y de estas normas proceden también las reglamentaciones atinentes al registro civil de las personas, como para ejemplo la Cartilla de registro civil y el Manual de registro civil de las personas que, aunque semejantes, no se pueden considerar ni iguales ni idénticas.

(…)

1. FUNCIONES DEL DISCURSO.

Hace cerca de tres décadas, en una cátedra denominada Lingüística para abogados, laborando con estudiantes que hoy descuellan como prestigiosos profesionales del derecho, trabajábamos las llamadas “funciones del lenguaje” del lingüista ruso Roman Jacobson, compartidas parcialmente por el lingüista alemán Karl Bühler.

Tratándoles el tema de que “el lenguaje es una facultad multiforme y heteróclita”, según la definió el creador de la lingüística como ciencia, don Ferdinand de Saussure hacia 1909, comprendí que no podíamos seguir hablando de “funciones del lenguaje” sino que era preciso acuñar el término “Funciones del discurso” cuando pretendíamos hablar de las teorías de Jacobson y  la de Bühler, toda vez que la única función del lenguaje es la de “transformar la realidad en símbolos” es decir la de “simbolizar la realidad”.

Así, pues, cuando un emisor genera un discurso, este puede tener diferentes funciones[2], a saber: si el discurso se refiere o focaliza en decir cómo está el emisor, la función es “expresiva” y como ejemplo tenemos la poesía lírica, las confesiones y lamentaciones, las cartas amorosas, etc. Por idéntico procedimiento, cuando el emisor se refiere al receptor, y su interés se instaura en influir sobre el oyente o lector, la función del discurso es “apelativa”, tal como sucede en el discurso forense donde tanto fiscales como abogados y peritos, pretendemos influir sobre el juez para tratar de modificar el tenor de su futura sentencia.

Así mismo, el discurso puede estar encaminado a decir cómo es el mundo que nos rodea, a referirnos a hechos o elementos que caen fuera de la órbita del emisor y del receptor; y entonces la función de ese discurso es eminentemente objetiva y representativa de la realidad circundante; tal como sucede en el discurso científico o académico. En nuestro caso, tenemos el discurso probatorio y el discurso jurídico – legal, el discurso normativo: la Constitución, la ley, los códigos y todo el aparato normativo y doctrinal. Sobre esta función volveremos más adelante.

No quiero continuar, antes de referirme a cuántas y cuáles son las funciones del discurso y a qué se refieren. Pues bien, esta teoría de las funciones parte del principio jacobsoniano de que el acto de comunicación debe contemplar los siguientes elementos: emisor, receptor, contexto de referencia o situación (llamado por Bühler el mundo), código, canal y mensaje.

Hasta ahora nos hemos referido a los tres primeros elementos de la comunicación: emisor, receptor y contexto o mundo. Hasta aquí, también, coinciden Jacobson y Bülher en sus funciones, que, como dijimos arriba, ellos llaman “funciones del lenguaje” y nosotros preferimos denominar Funciones del discurso (tanto oral como escrito y gestual).

Ahora bien, cuando el discurso del emisor pretende privilegiar al código empleado en el acto comunicativo, tenemos la función metalingüística, como cuando en la oración:

Juan escribe una carta

 decimos que Juan es el sujeto simple; escribe es el verbo, tiempo presente, modo indicativo, tercera persona singular de la voz activa; una carta es el objeto directo simple, inanimado; y el código es español. Estas consideraciones de la función metalingüística no son pertinentes en el campo jurídico procesal como el que nos ocupa; salvo que lo que se expresa debe ajustarse a la verdad académica y que todo individuo puede usar el mismo discurso sin ser tachado de copia, ni de plagio, ni mucho menos de fraude procesal.

Siguiendo con nuestras Funciones del discurso, llamadas por los autores en conjunto funciones del lenguaje, nos restan las dos últimas: la “función fática”, que se interesa en el canal de la comunicación; y la “función poética” o creativa que pone todo su interés en el mensaje o discurso emitido, sobre el cual también hay discrepancias severas, que tampoco son pertinentes para el caso que nos ocupa.

En cuanto a la función fática o del canal, ocurre cuando el que habla o escribe se centra en averiguar por el estado del medio de comunicación, tal como sucede cuando el emisor pregunta por la calidad del sonido en el discurso oral o por el tamaño de la letra o calidad de la presentación en el discurso escrito. Es importante, aquí, conocer que los dos medios de comunicación fundamentales son el aire y la luz; y contra estos medios operan sus correspondientes distractores que son en esencia: el ruido y la penumbra u oscuridad; así como también la calidad del sonido y la forma de la escritura: prosodia, articulación y ortografía.

Finalmente, para esta parte, cuando el discurso se centra en la producción de mensaje y pone todo su interés en el discurso emitido, tenemos la función poética o creativa, tal como sucede en el caso de la poesía pura, el discurso generador de belleza estética, que bien puede ser de orden literario o investigativo científico. Es aquí donde se concibe la ocurrencia de la copia como plagio y el sentido del fraude como defraudación de una expectativa de novedad discursiva que se había creado en el imaginario social de una comunidad lingüística determinada.

Ocurre la función poética principalmente, como dijimos, en dos campos particularmente poético–creativos a saber: en el ámbito de la ciencia, en tanto que con ella debe moverse la frontera del conocimiento, y la técnica como manifestación aplicada de la ciencia; y, así mismo, en la literatura y el arte, pues el discurso literario y artístico es manifestación de necesaria originalidad, a pesar de las similitudes que puedan presentarse, por ejemplo entre la pintura y la escultura, o entre la novela y el teatro y la danza, y entre todas las anteriores y la música. No pretendemos agotar las variantes discursivas de la poesía, sino solo ejemplificarlas, pues es aquí, como hemos dicho, donde la copia puede generar la noción de plagio y de defraudación. Es preciso sí, que el lector sepa que la cuestión poética no es exclusiva de las lenguas como códigos sociales restringidos, sino que abarca todas las manifestaciones del entendimiento humano y aun de la naturaleza: el lenguaje.

2. LENGUAJE Y COMUNICACIÓN: Función poética y Función referencial.-

Sinembargo, no toda copia constituye plagio por más de que se trate de un discurso artístico. En 1975 compuse una canción, cuya introducción resultó, en su segunda parte, casi completamente igual en melodía y ritmo a la introducción de un bambuco de los años 50: era una copia, en un 50% aproximado, del discurso original que escuché y cotejé detenidamente en 1998, aproximadamente veintitrés años después del acto creativo. Copia realizada por el inconsciente sin el menor asomo de culpa ni de dolo.

En estas mismas líneas, sé que puedo estar fijando en mi discurso, pensamientos y discursos de mis lecturas y de mis profesores y estudiantes. Pero, no se piense por esto que estoy cometiendo plagio ni que me anima defraudar al proceso de mi acto escritural.

El lenguaje, tal como queda definido arriba con Ferdinand de Saussure, nos permite la ampliación, así mismo, de conceptos como los de lengua, habla y discurso que precisamos para el desarrollo de este documento. El lenguaje es mucho más que la lengua con la que el común de las gentes –y no pocos lingüistas- suele confundirlo; es una capacidad humana, única y universal, que le permite al ser humano la posibilidad de pensar y razonar, de mentir y de fingir; de hablar y de escribir, no importa en qué lengua o idioma; de crear y recrear; de copiar y de borrar; incluso de mantenerse erguido y caminar, variando los ademanes y las formas para aparentar diversas personalidades, como sucede cuando un mino aparenta los ademanes de una persona a la cual sigue o emula; etc.

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La poesía es creación; pero también innovación, como ocurre con la ciencia y la tecnología. Y no es solo lo referido a la lengua y al discurso literario, sino a toda creación e innovación del pensamiento humano, manifestados mediante vehículos diversos como la forma en la pintura y la fotografía, y el volumen en la escultura y la arquitectura; el sonido en la música, la declamación y la oratoria; y el movimiento en la danza y la cinematografía.

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En el discurso referencial, por su parte, no se requiere la creatividad porque, por principio, debe referirse a una realidad diferente del emisor y del receptor, y que se ubica en un campo autónomo lejos de cualquier manipulación; es decir, debe tratar del “mundo” que los rodea; y este discurso debe atenerse a la enunciación de características ciertas, inherentes al contexto que bien puede ser real o figurado, pero de todas maneras cierto y determinado –o, por lo menos, determinable-.

Esta función discursiva referencial no admite la creatividad, salvo que medie la mutación científica o tecnológica, como se ha dicho; y por principio, tampoco se conciben la copia ni el plagio, porque siempre hemos de referirnos a la realidad como tal, sin que medie tampoco la necesidad de demostrar la autenticidad, pues el conocimiento que se maneja en este campo del discurso es general y ampliamente conocido y conocible, como cuando escribimos, por ejemplo: la historia de Colombia se divide en descubrimiento, conquista, colonia y periodo republicano. Bien sabemos que esto no lo hemos inventado nosotros, pero a nadie se le ocurrirá exigirnos comillas ni nota de pie de página, ni referencia bibliográfica para esta aseveración. Lo propio sucede cuando escribimos: las operaciones fundamentales de la aritmética son: suma, resta, multiplicación y división. Pues bien, estos son discursos eminentemente referenciales, que no admiten creatividad poética, ni exigen marca de autenticidad; pertenecen a la fe pública guardada, que no requiere testimonio ni su uso puede tacharse de copia, ni la copia puede engendrar plagio ni fraude de ninguna naturaleza.

En este campo podemos inscribir el discurso normativo, porque en él no se conciben la creatividad ni la innovación. Dentro de la enunciación de un artículo de la Constitución Política de Colombia nadie puede agregar nada que no haya sido fijado por el constituyente, así como tampoco podrá alguien eludir palabra ni frase que no haya sido el producto de una enmienda constitucional debidamente tramitada, sancionada y promulgada. Nadie puede, pues, crear ni quitar nada de la norma establecida, ni su uso podrá significar plagio ni fraude, como hemos venido diciendo.

Ahora bien, que no se piense tampoco que todo lo que se copia cae dentro de la excepción del discurso normativo que hemos venido refiriendo; porque, desde luego que no es así. No podemos confundir la copia de un artículo de un código o de una ley, con la copia de un fragmento ajeno dentro de un artículo científico o académico, o dentro de un ensayo, ni con la copia en el desarrollo de un examen de una asignatura.

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3. CREATIVIDAD Y UTILIDAD DEL DISCURSO: Literatura y Normatividad.

Creatividad y utilidad, tal como hemos venido considerándolas, se perfilan como instancias diferenciadoras de dos tipos opuestos de discurso en el campo de la lingüística, hasta el punto de constituirse en semas nucleares que determinan la nominación y denominación clasificatoria de dos áreas plenamente independientes dentro de la pragmática: literatura y normatividad jurídica.

A tal punto de que, lo que se predica de un área no siempre corresponde a la otra; y hay elementos que las diferencian completamente, como ocurre con la homotextualidad, que para la literatura es excluyente, en tanto que para la normatividad jurídica es incluyente y necesaria. Esto quiere decir que los discursos literarios no pueden ser iguales ni en todo ni en parte, so pena de ser tratados como constitutivos de copia y de plagio; en tanto que, por su lado, la normatividad jurídica, para su validez, exige la homotextualidad que se manifiesta en el respeto absoluto por la expresión discursiva del texto jurídico y por la imposibilidad de someterla a variación.

Con lo cual, al transcribir una norma jurídica debe respetarse al 100% su expresión discursiva, sin que se puedan predicar de ella las categorías peyorativas de copia y de plagio; y por ende, como dijimos arriba, se hace que suene absurda la pretensión de fraude.

No puede ni siquiera pensarse en que las constituciones políticas del mundo que han incluido los derechos del hombre como sustento de sus derechos fundamentales y a estos como base del DIH, deban tener comillas para enunciarlos o si una Constitución o una Ley o un Decreto que trate de derechos fundamentales tenga que tener bibliografía para no incurrir en plagio.

Ya decía Borges, el gran maestro de la literatura de vanguardia del siglo XX, que era imposible crear una metáfora nueva, que  todo estaba ya planteado por los griegos y por las literaturas orientales. Es claro que esto se refiere al alma de la metáfora, y no a su cuerpo o al verso que la contenga.

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Si toda metáfora es simplemente la copia de otra; y esta, de otra; hasta el infinito cultural, que llega al griego y al sánscrito en nuestra vertiente occidental, emanada de las literaturas orientales; si toda norma jurídica y penal no es más que una adaptación progresiva y dulcificadora, humanizante, de la conocidísima Ley de Talión (ojo por ojo, diente por diente) del Código de Hamurabi (Beccaría: 1994); es impensable que nuestro aparato jurisdiccional y administrativo tenga que crear normatividad propia para el buen desempeño de sus funciones. Las normas no pueden ni siquiera ser glosadas ni parafraseadas; deben transcribirse sin el añadido de una sola coma, cuánto más de una palabra, sin el uso debido de un “(sic)” que avale la originalidad indispensable. Por este camino, me atrevo a decir que aun las comillas para indicar la alienidad del texto en las citas pertinentes pueden resultar también ajenas, redundantes y extrañas cuando se transcriben textos normativos, no así en todos los demás casos como en los discursos literarios, académicos, cotidianos y científicos, donde son imprescindibles las citadas comillas.

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[1] Magíster en lingüística española, Seminario Andrés Bello: Instituto Caro y Cuervo. Abogado, Universidad Externado de Colombia. Profesor Titular de Lingüística, Gramática, Comunicación oral y escrita, Ensayo y Ortografía: Universidad Externado de Colombia.

[2] Otros autores, tomando las funciones de Jacobson, se refieren a “Purposes in writing”. Pero debo decir también que los propósitos no son solo de la escritura sino también del discurso oral.

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