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¿Por qué los jóvenes y no otra categoría social?

 

Por: Inés Arias.
Los adultos hombres y también los viejos eran quienes habían dominado la escena social hasta la segunda guerra mundial. Son los dirigentes sociales, representan las instituciones e igualmente son el poder familiar y el patronal. Después de la segunda guerra mundial hubo dos categorías que poco a poco emergieron en la vida de las sociedades: los jóvenes y las mujeres.

Las dos guerras mundiales del siglo XX trajeron grandes consecuencias para el mundo. Un nuevo reordenamiento político con triunfadores y vencidos y unas organizaciones internacionales que hicieron posible ese reordenamiento. Se desvirtúa el nacionalismo a ultranza de los nazis y aparece la Sociedad de las Naciones con unos criterios de convivencia y de objetivos mutuos entre todos los pueblos libres del planeta. Los imperios se deshacen y se da el proceso lento de la descolonización con la emergencia de nuevas naciones. Este proceso altera el viejo paradigma de la guerra de conquista de poblaciones y de territorios sometidos que había dado lugar a las colonias europeas.  Se pregona, en cambio, la libre determinación de los pueblos, al menos en las declaraciones oficiales públicas.

La guerra había prácticamente destruido la población de los adultos y de los jóvenes. Rusia tuvo veinte millones de muertos y los judíos del continente sacrificados por el régimen nazi se calcularon en seis millones. Es precisamente por esta escasez de adultos hombres como las mujeres comienzan a jugar un papel económico en el trabajo, el cual había comenzado durante las dos guerras europeas con las tareas auxiliares de enfermería, secretariado y otras como obreras en la industria, que ya tenía antecedentes en los hilados y tejidos del europeo siglo XIX.

En la postguerra el plan Marshall estadounidense de reconstrucción y desarrollo de Europa había comenzado a dar sus frutos. El mundo occidental ‘desarrollado’ vive en la década del 60 la famosa Revolución Científica-técnica. Los rusos por su parte envían su primera nave  a la luna y los Estados Unidos se dan a la tarea de alcanzarlos revolucionando su educación y en especial sus programas de física y de matemáticas, cuyos efectos de modernización llegan hasta la Universidad Nacional de Colombia, con profesores invitados y con los becarios. Por otra parte, los jóvenes de todas partes del mundo, bajo la influencia occidental, comienzan a manifestarse y a atraerse entre ellos a través de la nueva música acompañada de todo un lenguaje en la manera de vestir, de expresarse y de sentir. Todos estos cambios rompen las barreras de la geografía, de los idiomas y de las culturas. Los Beatles son los más conocidos, pero hubo otros muchos. Igualmente hubo el movimiento de los objetores de conciencia, para no prestar el servicio militar y en especial para no ir a la guerra. Por ese tiempo el gran movimiento de los jóvenes norteamericanos contra la guerra hizo que la nueva generación fuera tenida en cuenta: eran objetores de conciencia de la guerra de su patria contra Vietnam. Algo realmente inconcebible puesto que la guerra de la patria es la guerra y el honor de todos los ciudadanos; es un deber sagrado que como tal implica el sacrificio de la vida sin admitir ningún tipo de cuestionamiento. Todo lo cual se sumó a la importancia que los jóvenes iban teniendo en la escena pública mundial.

Los jóvenes del año 68 habían nacido apenas en el 45 o un poco después; no habían vivido la guerra de sus padres; su mundo fue otro en muchos aspectos, en especial la postguerra fue un tiempo de crecimiento económico con trabajo y bonanza para todos. Los estudiantes estaban viviendo la ciencia y la técnica que implicaba una mentalidad de observación, análisis e innovación. Su mundo era contradictorio aún en la misma universidad, porque en el aula se vivía el análisis con la mirada hacia la asombrosa técnica de la sociedad norteamericana, pero en las relaciones profesor-estudiante y en las familiares se vivía el autoritarismo y la obediencia de cuartel. Es decir, sin derecho  a réplica.

Por lo tanto, son los jóvenes quienes llevados por las circunstancias exigen a sus mayores, diálogo y participación en las decisiones que les atañen, pero los adultos no pueden ceder a dichas peticiones, porque éstas implicaban concebir el mundo en forma distinta al del orden en el que ellos habían crecido y del cual eran actores. En esta coyuntura de dos códigos contradictorios es en la que se da el conflicto entre autoritarismo y libertad hecha palabra y expresión en todas sus formas. La vivencia del mundo es de ruptura entre las generaciones de la guerra y las de la postguerra.

Es así como en 1968 se conforma en una universidad de las afueras de Paris, Nanterre, un movimiento de jóvenes que sorprendió a los adultos y a los viejos de ese momento como el general De Gaulle, héroe de la segunda guerra  mundial y presidente de Francia.

Los jóvenes se convierten en rebeldes y desobedientes del orden existente y pasan en esta forma a jugar el papel de actores sociales que buscan reordenar el mundo cultural en el cual viven y del que ya comienzan a ser parte de su transformación

En un principio la rebelión francesa coincidió con otros movimientos sociales y se extendió a otros países y continentes. Los jóvenes de la década del 60 en Europa son el producto de todas las anteriores coyunturas, pero es hacia el final de la década cuando su presencia irrumpe, incontenible, desarticulando el viejo mundo autoritario que en la familia, en el trabajo y en la política se había apropiado y enseñoreado de toda la escena social.

En el siglo XXI tenemos de nuevo una oleada de rebeliones y de nuevo nos preguntamos: ¿por qué los jóvenes?

Las contradicciones y los abusos del sistema económico neoliberal resolvieron  hacer de los jóvenes del mundo, mercancías de bajo precio desde los años 80 del siglo XX en un proceso que fue lento y que comenzó por aprovechar puestos de trabajo que dejaban los adultos y reemplazarlos por jóvenes que tenían que asumir la precariedad artificial del trabajo producida por los empresarios. Este camino fue lento y fue visto desde la superficie del problema como lucha generacional que beneficiaba a un patronato siempre voraz de los salarios. Con las crisis del presente siglo los jóvenes son convertidos en mercancías ‘desechables’, como lo dicen o lo aprecian muchos en Colombia al referirse a los jóvenes sin trabajo y a los que por el resto de sus vidas no van a tener la posibilidad de un empleo, así sea precario.

El llamado primer mundo fue consolidando a través de las décadas un contexto variopinto de países fuertes y débiles como una nueva forma de imperialismo; éste se desempeñaba absorbiendo las materias primas que su posición privilegiada le permitía comprar a cambio a precios irrisorios a los gobernantes de turno de los países no industrializados, pero ricos en minerales y materias primas. El nuevo orden mundial se fue entregando en forma suicida a la voracidad de la ley que define al capital: “la tasa de ganancia”, la que burlaba los débiles controles que los Estados ricos y pobres habían establecido. En los comienzos del siglo presente se consolida la omnipresencia del capital financiero sobre la forma clásica del capital, el industrial. Se rompen las regulaciones del sistema con la anuencia disimulada del Estado corrupto; en forma alocada se vendían papeles de deuda sin respaldo y en ese festín de todos contra todos se llega al punto de insolvencia, también de todos, con papeles que no los respaldaba nada ni nadie. Este movimiento fue el estallido del crédito haciendo saborear a todas las clases sociales las delicias del capitalismo de consumo. Pero cuando hubo decrecimiento de las economías europeas y de la norteamericana, éstas han comenzado en el presente a no necesitar ni profesionales ni obreros, así fueran ‘baratos’, porque el capital financiero produjo el estancamiento industrial, también favorecido por el fenómeno de la deslocalización de las empresas del “primer mundo” hacia China y otros países emergentes, más favorables a su tasa de ganancia. En estas circunstancias se produce el cierre de empresas y multinacionales insolventes. A esto se le llamó crisis de los años 2006-2008. Era y es el desempleo en Europa y en los Estados Unidos.

Las economías familiares entraron en bancarrota y los Estados solo ‘salvaron’ a los bancos con los bienes de todos. Sin embargo, nada ocurre ante tamaño despropósito, sino una que otra manifestación por parte de los sindicalistas sin repercusiones en el gobierno y las políticas públicas de los distintos Estados. En estas circunstancias del mundo “desarrollado” occidental se sucede lo inesperado en otra parte del planeta: las revueltas de los países árabes que, ¡quién lo creyera!, contaminan, por así decirlo, al orgulloso Occidente y henos aquí con los movimientos de los indignados europeos y con los de los estadounidenses.

Los gobiernos de los países árabes han estado asociados a los Estados Unidos y a los europeos por eso del petróleo y por la tolerancia de las grandes potencias a los aberrantes autoritarismos de estos socios complacientes con el bajo precio de los recursos energéticos que el ‘desarrollo’ tanto necesita. Por otra parte, los países en mención eran abastecidos no sólo con petróleo, sino además con mano de obra profesional y obrera ‘barata’.

Como habíamos dicho la crisis producida por el capital financiero y por la falta de regulación estatal lleva al desempleo y al establecimiento de un empleo que ya no da para pagar los gastos de seguridad social, educación, alimentación y vestido. La edad de retiro se aumenta para quienes están trabajando, es decir, que no salen los viejos trabajadores del circuito económico para que se pueda producir el relevo generacional con los jóvenes.

Entonces, en el mundo de hoy son de nuevo los jóvenes los que ya no tienen presente. La sociedad no los acoge, sino que los rechaza y los manda al brutal sin sentido del desempleo, tanto a los muy educados y titulados como a los de niveles de habilidad técnica sencilla.

Las revueltas de los jóvenes comienzan en una sociedad árabe, Túnez, con un dictador y su familia en el usufructo del poder por varias décadas. En este país un joven vendedor de frutas, callejero, pero, quien era profesional desempleado, se inmola porque no puede pagar la tarifa abusiva que como vendedor ambulante le exige la policía, a modo de impuesto ‘privado’, por orden de la esposa del dictador. Este incidente desata la furia e indignación de los jóvenes. Las manifestaciones de protesta comienzan a darse. Los vociferantes e inconformes contra el régimen rompen sus propios miedos en la medida en que se reúnen en la plaza pública, la principal de la ciudad de donde era el joven; los manifestantes comienzan a estar acompañados por los de otras ciudades siendo sus integrantes principalmente jóvenes. El movimiento se expande y pasa de las sociedades árabes en rebelión a las europeas y a los Estados Unidos. En América latina tiene repercusiones fuertes y novedosas en Chile y en Colombia.

Los jóvenes reciben un mundo que no les permite insertarse en él con la dignidad que otorga tener un salario o unos ingresos. Un mundo que todo lo vuelve mercancía barata principalmente para quienes no tienen el primer empleo, pero que tampoco van a tener un último empleo; para todos ellos sólo hay la opción dramática del “trabajo precario”, así sean muy educados y tengan doctorados. Este es el mundo que los recibe en las sociedades europeas, en Estados Unidos y en otras consideradas “ricas” y “desarrolladas”.

Fácil es imaginar los dramas individuales y el de las familias donde sólo hay un empleo o donde éste ya no existe. Los jóvenes sin trabajo, pero generando gastos de comida y transporte se vuelven insostenibles para la generación de los padres. Ya en varias sociedades europeas las gentes deambulan por las calles buscando comida y algo más entre las basuras. Los indigentes en Europa alcanzan al presente más de doscientos millones de personas.

Si volvemos a preguntarnos por qué los jóvenes se rebelan en el siglo XXI nos encontramos con que sólo ellos han hallado o descubierto una manera original de hacerlo. Porque ya las rebeliones no se hacen al estilo de las grandes revoluciones de la humanidad como la francesa o la rusa.

El estilo de la insurrección o de la revuelta del presente es el de tomar posesión de las plazas públicas más emblemáticas de cada ciudad; en las sociedades árabes sus nombres hacían referencia a la libertad o si los tenían eran llamadas así por los manifestantes que hacían resurgir sus sociedades a la libertad. Este era un nuevo contexto construido en el presente por las masas revolucionadas que ya no querían saber de un pasado de héroes que no se les correspondían.

La novedosa apropiación del espacio público es señalada por el articulista Rousseau de Le Monde Diplomatique, aout, 2011, p.10, asi:

 

“Inmovilizándose en el espacio público de la plaza los campistas de M-15 se lo apropian para     intercambiar e inventar nuevas prácticas que conquistan un nuevo límite en la madurez del cuestionamiento  popular a la ciudad neoliberal”.  “La juventud movilizada por el espacio público de Bilbao a Málaga ha demostrado, más allá de las fronteras españolas que el sentido de la ciudad constituye, hoy más que nunca, un contexto crucial para el futuro de las democracias”.

 

Los jóvenes en el mundo de hoy han ubicado en la plaza pública su manera de protestar construyendo lo nuevo sólo a partir de ellos; invitan a la libre discusión de los problemas a todo el que quiera hacer uso de la palabra. El lugar es de todos, porque al denominarlo plaza de la libertad cambia su anterior existencia y hace un llamado particular a los ciudadanos del común, para que se reúnan en aras de construir un nuevo orden y dejar el viejo que estaba constituido por los viejos despotismos.

Los jóvenes de hoy han demostrado, como dice la cita, que la ciudad tiene un nuevo significado y que precisamente su lucha entraña la difícil conquista de la ciudad neoliberal que los habita y la que no les permite sino el aislamiento y el silencio cómplice de los autómatas, que como tales, no conocen las circunstancias de su propia vida.

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